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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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23 Octubre 2019 04:00:00
Frozen
Los gobiernos mexicanos siempre culpan de la violencia en nuestro país a las armas que llegan de Estados Unidos. Lo han hecho todas las administraciones anteriores, principalmente la de Felipe Calderón. Por eso no sorprende que el canciller Marcelo Ebrard se haya reunido con el embajador estadunidense Christopher Landau para pedirle que detenga el flujo de armas en un plan al que se le está llamando Frozen.

Ya sabemos lo que va a suceder, porque ha pasado antes. El Gobierno norteamericano establecerá retenes en los accesos a México, lo cual hará más difícil el ingreso a nuestro país y generará un desplome del turismo y de los cruces fronterizos. La violencia, sin embargo, no se detendrá.

Lo que el Gobierno mexicano no quiere entender es que las armas estadunidenses no tienen la culpa de la violencia en México. Nuestro país tiene leyes severísimas que restringen la compra y posesión de armas, pero en 2018 registró 29 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes (Inegi), mientras que Estados Unidos, el país con mayor libertad en materia de armas, tuvo solo 5 homicidios por cada 100 mil personas en 2017 (Banco Mundial).
Solo 12.9 mexicanos de cada 100 tienen armas, una fracción de los 120.5 de Estados Unidos. Los países de Europa tienen también tasas muy superiores a México: Finlandia 32.4, Islandia 31.7, Austria 30.0, Noruega 28.8 y Suiza 27.6 por cada 100 personas (Small Arms Survey, 2017). Todos, sin embargo, registran tasas de homicidios de 1 por cada 100 mil habitantes o menos, 30 veces menores a México.

Parece lógico el argumento de que un país con más armas debe tener más violencia, pero las estadísticas revelan que no hay relación entre unas y la otra. La correlación real es con la impunidad. En México, por otra parte, los gobiernos siempre quieren responsabilizar a Estados Unidos de los males que sufre nuestro país. Es más fácil que aceptar su propia ineptitud.

John R. Lott Jr., señalaba en el Wall Street Journal del 22 de octubre que México tuvo hasta 1971 libertad de comercio y posesión de armas, pero Luis Echeverría estableció en 1972 controles muy estrictos. Hoy en día hay solo una tienda legal de armas en el país, de la Sedena en la Ciudad de México, y las restricciones para la compra son enormes. Un arma adquirida legalmente en México no puede ser vendida a otro particular. “Solo 1% de los mexicanos tiene licencia de posesión de un arma”, dice Lott, pero la tasa de homicidios dolosos, en lugar de bajar, es hoy el doble que en 1972.

El Gobierno no puede tener otros datos. México, donde es casi imposible poseer un arma legal, registra una tasa de homicidios dolosos casi seis veces superior a la de Estados Unidos, donde las armas se compran y se venden libremente. Las armas estadunidenses no son la razón de la violencia en México.

El Gobierno de México ha decidido tomar el camino fácil que siguieron algunos de sus más odiados predecesores, como Calderón, para sostener que México es violento no por la impunidad sino porque se importan armas norteamericanas. Sin embargo, en México hay un índice de posesión legal de armas 10 veces menor al de Estados Unidos, con una tasa de homicidios dolosos seis veces superior. El plan Frozen congelará los cruces fronterizos y costará miles de millones de dólares a los mexicanos, pero no acabará con la violencia porque no toca a la impunidad.

Desmantelamiento
Permitir el desmantelamiento del Poder Judicial es una violación de la Constitución, es un acto de corrupción, dijo Dante Delgado en el Foro del Senado sobre la reforma del Poder Judicial, Subordinar la Justicia es Pervertirla. Es un llamado de un político que sufrió en carne propia una persecución política.
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